Resumen del Sábado de Pasión en Sevilla
Las hermandades de vísperas dejaron hace tiempo de ser la antesala para convertirse en una certeza: la Semana Santa se extiende ya a lo largo de diez días. Lo han logrado gracias al esfuerzo de sus hermanos —a quienes nada se les puso fácil en sus inicios— y, sobre todo, al impulso de unos barrios que hacen posible el milagro de cada Sábado de Pasión. No se equivocó el pregonero al afirmar que estas cofradías “nos han regalado nuevas formas de mirarnos y reconocernos”. Y así ha sido.

Han sabido reproducir con acierto las formas de las corporaciones históricas: el orden de sus cortejos, el respeto al patrimonio y el cuidado en cada detalle. Pero también han heredado sus sombras: las bullas, el crecimiento constante de nazarenos y las largas —a veces interminables— esperas para ver al Señor. Para lo bueno y para lo malo, ya son una más.
Ese ambiente se respiraba desde primeras horas de la tarde en Ciudad Jardín. Más de tres horas antes de la salida, los alrededores de la parroquia de la Milagrosa ya estaban abarrotados. La cofradía reúne todos los ingredientes para atraer: pasos de gran atractivo, un recorrido céntrico y, este año, el estreno de dos bandas de reconocido prestigio.
Allí estuvo el arzobispo Saiz Meneses, que no dudó en buscar su sitio para presenciar la salida del misterio. De nuevo, la cuadrilla de Almansa obró el milagro de sacar el paso por una puerta que parece imposible. El Señor lucía una túnica verde en honor a su advocación, aunque resultaba difícil contemplarlo con claridad. El intento de la hermandad por eliminar la bulla de pértigas en la delantera volvió a fracasar. Es una batalla perdida.
Los 190 músicos de la agrupación Virgen de los Reyes, cuya presencia había generado gran expectación, interpretaron El Galeón de la Esperanza y Puente Cedrón en una chicotá interminable que llevó el paso hasta el Centro Asturiano. Allí, como manda la tradición, un gaitero interpretó el himno del Principado desde una azotea.
El cortejo avanzaba sin prisas, lejos de la tensión de otros años. Nadie miraba al cielo ni recordaba el susto meteorológico del pasado. Con más de 500 nazarenos, la salida se prolongó casi una hora. El palio también venció a la dificultad de la puerta, y su primera levantá en la calle se dedicó a Chari, hermana número uno de la corporación. Sonó entonces “Milagro de fe”, interpretada por las Cigarreras, antes de que el paso se perdiera entre la multitud.
En Torreblanca, la bulla era distinta. Estaba en las mujeres que seguían al paso sin antifaz, en los vecinos asomados a ventanas estrechas, en la emoción de una anciana que unía sus manos al paso del Cautivo. Solo Él sabe qué le pedía. En la esquina de Encina con Pino, el capataz recordó aquel Vía Crucis de la Fe de 2013 y dedicó la levantá a la Resurrección.
La música de la Sentencia de Jerez competía con el flamenco que sonaba desde una casa cercana. Contrastes de un barrio donde la vida gira en torno a la cofradía, desde que la Virgen pisa la calle Abedul hasta su regreso de madrugada.
En Padre Pío, la escena se repetía. El Señor de la Salud y Clemencia cruzaba el dintel de su parroquia acompañado por un cortejo joven, lleno de niños bajo los antifaces. Su estación de penitencia, la más larga del día, encontraba sentido entre la multitud que lo esperaba.
El misterio dejó una revirá eterna, acompañada por varias marchas, mientras se apreciaban los detalles del canasto recién estrenado. La Virgen de la Divina Gracia avanzaba sin prisa, recreándose en cada paso, mientras sonaba Nuestro Padre Jesús. Cada avance era premiado con aplausos de unos vecinos que no la dejaron sola en toda la jornada.
En San José Obrero, la sensación era unánime: nunca se había visto tanta gente un Sábado de Pasión. El cortejo avanzaba ya de noche, tras su visita al Santuario de los Gitanos, arropado en todo momento por el público. La calle Sol tuvo que ser controlada para permitir el paso.
De regreso al barrio, el aroma a azahar se mezclaba con el de las flores del palio de la Virgen de los Dolores, mientras sonaba Esperanza Macarena. Era la antesala del hogar.
El Cristo de los Desamparados del Santo Ángel volvió a aportar ese aire romántico que conquistó desde su primera salida. La corporación ha crecido con rapidez, cuidando cada detalle del cortejo y del paso.
Sin embargo, el nuevo estilo de andar, más pausado de lo habitual, no terminó de convencer. La sensación de desajuste entre música y costaleros dejó dudas que deberán resolverse de cara al futuro.
El día dio paso a una noche más fresca, mucho más agradable que la tarde de calor intenso. En Alcosa, las amplias avenidas contenían las bullas mientras avanzaba el Señor del Divino Perdón, luciendo una nueva túnica bordada en oro.
Su misterio volvió a emocionar, especialmente en la escena del niño que intenta alcanzar la mano del Nazareno. Una imagen que resume, quizá, el sentido de todo lo vivido.
La Virgen de la Purísima Concepción protagonizó otro momento especial al pasar por primera vez por la calle que ya lleva su nombre. Sonó La Madrugá, como si el tiempo quisiera detenerse.
A esa misma hora, otras cofradías ultimaban los preparativos del Domingo de Ramos. Esa bulla, la que anuncia lo que está por venir, ya no hay quien la detenga.
