La Esperanza de Triana en la Catedral: un besamanos para la historia
La Catedral hispalense, madre y corazón de la fe sevillana, acoge desde este domingo un acontecimiento de singular devoción: el besamanos extraordinario de la Esperanza de Triana con motivo del 75 aniversario de la proclamación del dogma de la Asunción. Entre los muros centenarios de la Seo, la Reina de Triana ha descendido hasta el suelo de piedra santa, cara a cara con su pueblo, en un gesto de humildad y cercanía que conmueve hasta al alma más fría.
Una joya viva ante la Virgen de los Reyes
La imagen se alza frente al trascoro, justo donde reposa la Virgen de los Reyes, Patrona de Sevilla y de su Archidiócesis, creando un encuentro celestial entre dos reinas coronadas. Tras su traslado procesional desde la parroquia de San Jacinto, la Virgen ha sido dispuesta en un altar de besamanos digno de palacio real, rodeada de blancas flores que perfuman el recinto y velas encendidas que tiemblan al paso de los fieles.
Bajo las naves góticas de la Seo, la Esperanza luce en todo su esplendor. Porta la nueva saya bordada en oro sobre tejido de plata, obra de Manuel Solano, presentada hace apenas unas semanas, que resplandece como una oración tejida con hilo divino. Su presencia, serena y majestuosa, llena de emoción el silencio de la Catedral, solo roto por el murmullo de quienes se acercan al beso de la devoción.

Fervor incesante pese a la lluvia
Ni la lluvia vespertina ni el paso del tiempo han detenido el reguero de fieles que, desde las primeras horas del día, acuden a postrarse ante su Esperanza. Familias enteras, ancianos, jóvenes y niños han formado largas colas en la Puerta del Bautismo, accediendo al interior para besar la mano de la Virgen, que extiende su misericordia a todos sin distinción.
Entre los asistentes se ha visto al arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, quien también ha rendido su homenaje filial. El besamanos permanecerá abierto hasta el martes 28 de octubre, de 9 a 21 horas ininterrumpidamente, con salida por la Puerta de San Miguel, ambas en la Avenida de la Constitución.
“Spes nostra, Salve” —Salve, Esperanza nuestra— podría rezarse en susurro, mientras las manos tiemblan y los ojos se humedecen al rozar la de la Señora.
El atavío de la Reina del arrabal
La Virgen de la Esperanza viste para la ocasión su manto de los Dragones, una joya del bordado sevillano confeccionada en terciopelo verde y oro fino, salida en 1948 del taller de Esperanza Elena Caro, según diseño de José Recio del Rivero. En él, los dragones dorados parecen custodiar el misterio que habita en su mirada.
Como se ha dicho, estrena además una saya bordada en oro sobre plata con diseño de Gonzalo Navarro, inspirada en la idea original de Ignacio Sánchez Rico y ejecutada con maestría por Manuel Solano, quien ha sabido conjugar la tradición del siglo XVIII con la fina estética contemporánea.
La Virgen porta asimismo la toca de sobremanto realizada en 1965 por las hermanas Martín Cruz, en oro fino sobre malla, obra que convierte el bordado en mantilla de nobleza inefable. En la cenefa posterior, un ancla de pedrería verde rodeada por un flotador con la leyenda “Esperanza Triana” recuerda la fe firme y marinera de su barrio.
El rostrillo, de encaje francés dorado sobre lamé plateado, centellea con lentejuelas que reflejan la luz como lágrimas de oro. En su pecho brilla el puñal y el ancla de brillantes de Paco Mill, y en su cintura el fajín de don Juan de Borbón y Borbón, donado por la Familia Real. Sobre sus sienes, la corona de su coronación canónica, realizada en oro de ley por Orfebrería Triana en 1984, se alza como emblema de amor eterno.
Triana se postra en la Catedral
La Catedral de Sevilla se ha convertido estos días en un nuevo Altozano espiritual, donde el alma trianera reza con acento de barrio y solemnidad de templo mayor. Es el encuentro entre la Esperanza y su pueblo, un diálogo sin palabras que solo entiende el corazón.
Mientras los fieles se despiden con un último vistazo, muchos repiten el lema no escrito de toda una vida:
“Esperanza nuestra, ruega por nosotros”.
Y Sevilla, en su silencio, parece responder: In aeternum, Triana.
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