Triana vuelve a tener entre sus brazos a la Esperanza

Triana ha vuelto a sonreír. El barrio marinero y devoto por excelencia de Sevilla recobró este sábado aquello que más ansía: tener entre sus brazos a la Esperanza. Las calles del Polígono Sur, mientras tanto, se quedaron presas de la añoranza tras dos semanas de fervor, emoción y promesas cumplidas. Fue una mañana que amaneció antes de tiempo; diez minutos antes de las ocho, la Virgen de la Esperanza de Triana salía a la calle desde la parroquia de Jesús Obrero, radiante como el lucero que anuncia el día, para iniciar su peregrinaje de regreso a Pureza.

El barrio aún dormía cuando la Virgen comenzó a despedirse. En las rejas de la dura arquitectura del Polígono empezaban a asomar rostros, móviles y lágrimas. “De Pureza a mi casa jamás caminarás sola”, rezaba una pancarta colgada en un balcón humilde, adornado con todo lo que el devoto tenía. La Virgen, agradecida, se detuvo ante aquella puerta y dio unos pasos atrás al compás de Rosario de Montesión. Fue un instante mágico: por unos segundos, la calle se convirtió en Pureza, como aquella Triana de antaño antes de que muchos vecinos tuvieran que marcharse.


La misión continúa más allá del regreso

Apenas una hora después, la Esperanza alcanzaba la frontera invisible que tantas veces separa al Polígono Sur del resto de Sevilla. En la ronda de La Oliva, las andas giraron sobre sí mismas en un gesto de gratitud hacia el barrio entero. “¡Muchas gracias por todo, Esperanza!”, gritó una vecina de las Tres Mil. Era el último adiós antes de cruzar las vías del tren que dividen, como una cicatriz, el sur de la ciudad. Pero, aunque el traslado siguiera su curso, la verdadera misión apenas comenzaba: la de permanecer en el corazón de quienes más necesitan esperanza.


Encuentro con los que más sufren

El siguiente punto de la jornada fue el Hospital Virgen del Rocío, tan cerca del Polígono Sur y, sin embargo, tan distante en el imaginario de la ciudad. Las andas redujeron el paso, y la marcha Amarguras sirvió de preludio al momento más emotivo del día. Eran poco más de las diez de la mañana cuando la Virgen se detuvo ante la entrada del hospital infantil, donde médicos, enfermeros, celadores y familias esperaban su llegada con emoción contenida.

Los niños, muchos de ellos pacientes de larga estancia, la recibieron con sonrisas sinceras. Entre ellos, Manuel, un pequeño con espina bífida que había pedido a su madre ver a la Esperanza. “Le hacía mucha ilusión. Ha sido un momento precioso”, decía ella mientras guardaba las estampitas entregadas por los hermanos. Los pañuelos de la Virgen se convirtieron en símbolo de consuelo, y los versos de la nana de Santa Ana arrullaron al hospital cuando la imagen se marchaba, dejando tras de sí una estela de fe y ternura.


Una ciudad rendida a su paso

A medida que avanzaba el día, el cortejo crecía. El Porvenir era una fiesta; balcones repletos, calles en ebullición y bares llenos al llegar la hora del ángelus. “¡Hay que ver lo que forma cada vez que sale!”, exclamaba un cofrade, sintetizando el sentimiento colectivo.

Bajo el sol de justicia del mediodía, la Virgen cruzó el parque de María Luisa envuelta en una multitud que rompía el silencio sólo para rezar o cantar. Cuando sonó el trío de Pasa la Virgen Macarena, el bullicio cesó: un silencio de respeto, de fe y de belleza invadió la escena. En la plaza de España, el regionalismo de Aníbal González se engrandecía al paso de la Esperanza, que parecía derramar luz a cada compás.


Del Rectorado a San Telmo: la Esperanza ante Sevilla

En la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado, la Esperanza fue recibida por la Hermandad de los Estudiantes y por la Universidad de Sevilla. Los oficiales universitarios portaron las andas mientras la Virgen se presentaba ante el Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Angustia. Afuera, los fieles aguardaban pacientemente. Adentro, las notas de La Saeta y La Madrugá se mezclaban con oraciones silenciosas.

Poco después, el cortejo llegó al Palacio de San Telmo, donde el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, y varios consejeros la esperaban. “La Virgen ha llevado esperanza donde más se necesita”, expresó el presidente, recordando el sentido de esta misión evangelizadora. Una saeta de José Luis Pérez Vera, rota de emoción, cerró la visita antes del regreso definitivo a Triana.


Triana vuelve a latir

El puente de San Telmo fue la alfombra roja que Triana tendió a su Virgen. Desde allí, el gentío se hizo inabarcable. Por Betis, Troya y Pureza, la Esperanza fue recibida con aplausos, flores y lágrimas. Pasadas las seis y cuarto de la tarde, entraba por fin en su casa.

Habían sido tres calles después de un mundo de kilómetros espirituales. Dos semanas fuera del arrabal que la vio nacer, dos semanas entregada a los que más necesitan consuelo. Porque si algo ha quedado claro en esta misión, es que la Esperanza de Triana no pertenece sólo a los trianeros, sino a todo aquel que la invoca desde el dolor, la fe o el amor.

Entre los vecinos del Polígono Sur, los niños enfermos del hospital y los viejos trianeros en la distancia, queda el eco de una frase que resume el espíritu de estos días:

“Nunca hemos perdido la fe, pero la Virgen nos ha llenado de esperanza para seguir adelante.”

Misión cumplida.